La provincia de Alicante tiene un tejido industrial que nació mirando a la exportación. El calzado de Elche y Elda, el mármol y la piedra natural de Novelda y el Medio Vinalopó, el turrón de Jijona, el juguete de Ibi y Onil y la hortaliza de la Vega Baja —con la alcachofa como producto insignia— llevan generaciones vendiendo fuera de España. A eso se suman el puerto de Alicante, con tráfico regular de contenedores, y una densidad poco común de empresarios y residentes extranjeros con negocio en la provincia.
Ese perfil tiene una consecuencia jurídica muy concreta: aquí una pyme puede facturar a media Europa sin tener un solo departamento legal, firmando el contrato marco que le envía el distribuidor de turno y aceptando su ley y sus tribunales sin haberlo leído con calma. Cuando la operación va bien, no pasa nada. Cuando llega el impago, la mercancía dañada o la ruptura del distribuidor, el problema no es el conflicto: es el contrato que se firmó dos años antes.
No es casualidad, además, que Alicante sea la sede del Tribunal de Marca de la Unión Europea, el único en España, con competencia sobre todo el territorio nacional en materia de marca y diseño de la Unión; la segunda instancia corresponde a la Sección Octava de la Audiencia Provincial de Alicante. La ciudad tiene un ecosistema jurídico acostumbrado a los asuntos con elemento extranjero.